
Sigourney Weaver, como se puede apreciar en la foto, es una mujer atractiva, con una mirada viva, inteligente y seductora: una sesentañera con trapío.
Estudió literatura en la elitista universidad de Stanford y en la escuela de artes dramáticas de Yale.
No reparé en ella cuando Woody Allen le dio un ínfimo papel en Annie Hall; en mi disculpa diré que solo estuvo seis segundos en pantalla, pero me comprometo a ver la película por enésima vez para localizarla.
Un año después, (1979) ya como la valiente teniente Ripley protagonizó la que considero la mejor película de ciencia ficción (mis respetos hacia quien elija Blade Runner o 2001).
Naturalmente me refiero a “Alien, el octavo pasajero”, del director Ridley Scott en donde creo que por primera vez la heroína es una mujer.
Cuento la trama para refrescar la memoria de los que la han visto, los que no lo hayan hecho, jovenzuelos o adultos pecadores que la vean so pena de excomunión.
Siete tripulantes- Dallas (Tom Skerritt), comandante de la misión, Ripley (Sigourney Weaver), Kane (John Hurt), Brett (Harry Dean Stanton), Parker (Yaphet Kotto), Lambert (Veronica Cartwright) y Ash (Ian Holm)- viajan a bordo de una nave comercial llamada Nostromo. Están hibernados a la espera de llegar a su destino, que no es otro que la Tierra. Pero son despertados por un aviso que ha detectado el ordenador de la nave, y que proviene de un planeta cercano. El comandante de la nave decide investigar ya que considera que podría tratarse de una llamada de socorro.
Dentro de la nave alienígena, Kane descubre una enorme cámara llena de numerosos huevos, uno de los cuales libera una criatura que se adhiere a su casco, rompiendo su visor y dejándolo inconsciente.
La película no te deja un momento de respiro, las transmutaciones del bicho en una dirección hacia lo humanoide, como en una especie de evolución vampírica que aumenta su inteligencia y cambia su forma con cada una de las muertes que ejecuta, provoca una sensación permanente de pánico. El ambiente aséptico, luminoso y tranquilizador de los lugares habitados de la nave, contrasta con el del que podríamos llamar las tripas de la misma: claustrófico, agobiante, casi irrespirable; una interminable serie de conductos oscuros donde la amenaza puede aparecer en cualquier momento.
En este contexto nos encontramos a Sigourney Weaver, la teniente Ripley última superviviente de los crímenes de lesa astronomidad, que cree haber matado al monstruo y se dispone a ponerse cómoda para volver a hibernar camino de la Tierra.
Una secuencia de voyeurismo compartido en que por primera y última vez te solidariza con el alien.
Para el que no se lo crea, aquí dejo la foto.

Después hubo más Aliens, con la misma protagonista y su mismo carácter que no se arredra ante nada, pero...es lo mismo, pero no es igual.
Como se puede apreciar son películas en las que se requiere una mujer con carácter, con registros de acción o dramáticos; no me gustan, en cambio, por comparación las que en clave de comedia nos la presentan como una señora provocadora, arregladita y maquilladamente seductora.
El atractivo de Sigourney no está en el envoltorio, sino en su penetrante mirada, su expresividad y su fuerza interpretativa no exenta de ternura y feminidad cuando el guión lo requiere, y como testigos ahí están los gorilas que al parecer le tomaron mucho cariño.




















