
Le tengo querencia a Martirio, o mejor dicho, a la persona (inteligente, vital, divertida, sensible) que intuyo detrás de las gafas de sol, de las peinetas y el disfraz que ocultan a María Isabel Quiñones.
Maribel era una de las jovencitas que cantaba en el grupo Jarcha, famoso por aquella cancioncilla melifluamente reivindicativa: “Libertad sin ira” que convirtió la derecha reconvertida y la izquierda roja/rosa en todo un himno de la Transición.
Su transformación en Martirio es para mí una incógnita, pero presiento que la metamorfosis fue dolorosa, que las alas mojadas al salir de la crisálida tardaron en secarse para permitir el vuelo de la ya Martirio/mariposa /adulta con su nuevo ropaje de colores ...
Es solo un pálpito, desconozco por completo sus avatares y además pertenecen a su intimidad, pero esa intuición de que el rompimiento total con lo establecido en las formas es paralelo al que se produjo en su personalidad (¿herida?) me hace empatizar con ella."Sólo me interesan las personas que han sufrido", dijo el filósofo tan nombrado aquí.
La aparición de Martirio fue todo un acontecimiento más allá de lo musical, una ruptura, una provocación. También un quebradero de cabeza para quien quisiera encasillarla…Aquel primer disco de 1986 “Estoy mala” rompió moldes ¿Aquello era rock, flamenco, canción española?
Y las formas musicales no lo eran todo, las letras, algunas por lo menos, hablaban de mujeres corrientes, del pueblo, del barrio, con su explotación a cuestas, con sus vivencias y sus frustraciones: mujeres conformadas/conformistas (unas), al borde de la rebeldía y la histeria(otras). Eran canciones cuyo trasfondo feminista llegaba sin darte cuenta, sin ampulosidades.
Martirio se constituye en espectáculo. parapetada por sus gafas oscuras que ocultan su identidad (y sus hermosos ojos) y la libran de su timidez. Las opiniones se dividen entre quien considera aquello una bocanada de aire fresco en el panorama musical y quienes piensan que lo que hace es una payasada.
La conocí personalmente en el verano de 1987, en su improvisado camerino tras una actuación al aire libre que espero haya olvidado. En plena sesión unos gamberros (es la definición más suave que se me ocurre, pero ya se sabe, los jóvenes tienen que divertirse, son las fiestas del pueblo) le lanzaron naranjas y una de ellas le impactó en una pierna, debió dolerle pero continuó cantando. Cuando yo la visité estaba llorando y, naturalmente, sin ganas de recibir a nadie. Yo tampoco sabía qué decir, ni como pedir disculpas, esbocé una felicitación y ella correspondió con una sonrisa, un par de besos y una foto dedicada que aún conservo.
Luego he seguido su evolución, su inquieta búsqueda de fusionar estilos, de abrir nuevos caminos en la copla arrancándola de la tradición rancia, de “mestizar” flamenco, jazz, tango, bolero... en su repertorio, dándole siempre un toque personal e inconfundible pero con un profundo respeto por la autenticidad.
Martirio podrá gustar o no (o unas cosas sí y otras no) pero hay que reconocerle su trabajo incansable por adoptar y acercar todas las músicas que ella considera con alma, aquellas más capaces de expresar los sentimientos profundos.
Aconsejo la visita de su página web: www.martirioweb.com/

