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viernes, 25 de junio de 2010


La leyenda del beso/ Amor de hombre

A las denominadas eufemísticamente clases populares, les gustaba la zarzuela, (o sea, a todo el personal, excluyendo por un lado a los miserables - o pobres de necesidad-, y por el otro, a la burguesía/burguesía- o ricos sin pedigrí- y a la aristocracia - o sangre azul-)

La zarzuela ha sido considerada, seguramente por el motivo antes expuesto de la calidad de los receptores, como género chico frente a la ópera, que no necesitaba adjetivaciones para aclarar que era el género grande.

Esas clases sociales más bien urbanas, humildes e incluso pequeño-burguesas, eran las destinatarias de estas obras que se entendían porque estaban escritas en castellano y porque las historias que contaban eran próximas, cotidianas, ensalzadoras de amores apasionados, de traiciones, de heroísmos o cobardías, de toreros y de gitanos, de terruños incrustados, de madrileñismos castizos o de andalucismos folclóricos con acento falso…todo eso y más era la zarzuela, pero ante todo era española, española de España.

Se podía montar además sin grandes escenarios, con cuatro trajes regionales y con cantantes a los que no se les exigía que fueran capaces de dar el “do de pecho”; si acaso era más importante que lo del pecho lo lucieran ellas y que ellos tuvieran un cierto atractivo personal que ayudara al respetable público a identificarse con los personajes y sus peripecias.

Lo de los tenores y las sopranos tipo armario, disfrazados de cosas exóticas, que cantaban en un italiano impostado – no digamos nada si era alemán- dando grandes gritos en la oreja mismo de la colega si era él, o emitiendo gorgoritos en el mismo pabellón auditivo del “colego" si era ella... esto, digo, quedaba reservado junto a un gran despliegue orquestal y a un "marco incomparable", a la ópera.

Bueno, pues una de esas zarzuelas era La leyenda del beso, cuyo intermedio orquestal es una de esas melodías que se me quedó grabada cuando entonces y que llegaba a emocionarme y a hacerme sentir una nostalgia blanda de un tiempo que no viví (la obra es de 1924).

Actualizada la trama parece que la zarzuela se basa en que…

“Cuenta la leyenda, que después de la creación, Dios se reunió con Eva y Adán y les dijo:

- Todo lo que veis a vuestro alrededor os lo dejo para vuestro goce, la frutas más jugosas, las flores mas bellas, el agua de los ríos para solazaros. Los animales estarán a vuestro servicio, respetadlos como criaturas mías que son, y os darán alimento para el cuerpo y el espíritu, amaos el uno al otro porque yo bendeciré vuestro amor y os colmaré de hijos que alegrarán vuestra juventud y cuidarán vuestra vejez. Solo una cosa tenéis vedada, nunca acerquéis vuestros labios de tal manera que podáis beber el uno del aliento del otro, si así lo hacéis, un poder diabólico se extenderá por vuestra sangre y moriréis de inmediato, recordadlo bien, porque ni yo tengo el antídoto para ese veneno.

Pasaron los días entre juegos y escarceos, bañando sus cuerpos en las cristalinas aguas, y probando de todos los frutos al alcance de su mano.

Una tarde que Adán estaba descansando bajo un manzano, se le acercó Eva acariciándole el rostro con sus largos cabellos, Adán la atrajo para sí, y en ese momento sintió como una fuerza arrebatadora le empujaba hacia los labios de su esposa; trato de resistirse, pero un aliento cálido y embriagador le cegó los sentidos, sus labios se unieron en un beso de fuego, y sus lenguas se abrazaron como dos amantes en celo, perdió el sentido del tiempo y todo su cuerpo se incendió como nunca antes había sentido. Las palabras de Dios se perdieron entre los pechos de Eva.

En ese momento se apareció un Yavhé colérico y blandiendo la espada de la muerte les increpó con voz de trueno:

-¡Habéis osado desafiarme!, os entregué todo, os di de todo de lo que yo podía gozar, solo os prohibí lo único que hasta a mi me ha estado vedado.

A partir de ahora, tú, Adán, desearás ese beso con todas tus fuerzas, pero Eva te lo negará siempre. Te lo hará rogar, suplicar, y cuando lo consigas, su goce te durará menos que una flor de mayo, se deshojará y se marchitará hasta que no te sepa a nada. Toda tu vida será la eterna búsqueda de este beso sagrado que acabas de profanar, y vagarás como alma en pena tras una quimera hasta que tus labios se quiebren con el rictus de la muerte.

Desde entonces, los hombres buscan los labios de la mujer con incontenible deseo, los poseen y al poco, parten arrastrados por la maldición ancestral. Solo algunos afortunados comprenden alcanzando el beso supremo, que el amor le ha redimido, que ya no necesitarán seguir vagando, que el aliento del paraíso se enciende en la boca de la mujer que aman.”

Esta dramática leyenda y esa preciosa música se han transformado en este bodrio incomprensible intitulado Amor de hombre y del que me niego a hacer ningún comentario aunque… prestarse, lo que se dice prestarse, se presta.

Oigan ustedes esta versión orquestalLa leyenda del beso/ Amor de hombre

A las denominadas eufemísticamente clases populares, (o sea todo el personal excluyendo por un lado a los miserables o pobres de necesidad y por el otro a la burguesía- burguesía o ricos sin pedigree y la aristocracia o sangre azul) les gustaba la zarzuela.

La zarzuela ha sido considerada, seguramente por el motivo antes expuesto de la calidad de los receptores, como género chico frente a la ópera, que no necesitaba adjetivaciones para aclarar que era el género grande.

Esas clases sociales más bien urbanas, humildes e incluso pequeño-burguesas, eran las destinatarias de estas obras que se entendían porque estaban escritas en castellano y porque las historias que contaban eran próximas, cotidianas ensalzadoras de amores apasionados, de traiciones, de heroísmos o cobardías, de toreros y de gitanos, de terruños incrustados, de madrileñismos castizos o de andalucismos folclóricos con acento falso…todo eso y más era la zarzuela, pero ante todo era española de España.

Se podía montar además sin grandes escenarios, con cuatro trajes regionales y con cantantes a los que no se les exigía que fueran capaces de dar el “do de pecho”; si acaso era más importante que lo del pecho lo lucieran ellas y que ellos tuvieran un cierto atractivo personal que ayudara al respetable público a identificarse con los personajes y sus peripecias.

Lo de los tenores y las sopranos tipo armario, disfrazados de cosas exóticas que cantaban en un italiano impostado – no digamos nada si era alemán- dando grandes gritos en la oreja mismo de la colega, o ella emitiendo gorgoritos en el mismo pabellón auditivo del “colego”, quedaban reservados a la ópera.

Bueno, pues una de esas zarzuelas era La leyenda del beso, cuyo intermedio orquestal es una de esas melodías que se me quedó grabada cuando entonces y que llegaba a emocionarme y a hacerme sentir una nostalgia blanda de un tiempo que no viví (la obra es de 1924).

Actualizada la trama parece que la zarzuela se basa en que…

“Cuenta la leyenda, que después de la creación, Dios se reunió con Eva y Adán y les dijo:

- Todo lo que veis a vuestro alrededor os lo dejo para vuestro goce, la frutas más jugosas, las flores mas bellas, el agua de los ríos para solazaros. Los animales estarán a vuestro servicio, respetadlos como criaturas mías que son, y os darán alimento para el cuerpo y el espíritu, amaos el uno al otro porque yo bendeciré vuestro amor y os colmaré de hijos que alegrarán vuestra juventud y cuidarán vuestra vejez. Solo una cosa tenéis vedada, nunca acerquéis vuestros labios de tal manera que podáis beber el uno del aliento del otro, si así lo hacéis, un poder diabólico se extenderá por vuestra sangre y moriréis de inmediato, recordadlo bien, porque ni yo tengo el antídoto para ese veneno.

Pasaron los días entre juegos y escarceos, bañando sus cuerpos en las cristalinas aguas, y probando de todos los frutos al alcance de su mano.

Una tarde que Adán estaba descansando bajo un manzano, se le acercó Eva acariciándole el rostro con sus largos cabellos, Adán la atrajo para sí, y en ese momento sintió como una fuerza arrebatadora le empujaba hacia los labios de su esposa; trato de resistirse, pero un aliento cálido y embriagador le cegó los sentidos, sus labios se unieron en un beso de fuego, y sus lenguas se abrazaron como dos amantes en celo, perdió el sentido del tiempo y todo su cuerpo se incendió como nunca antes había sentido. Las palabras de Dios se perdieron entre los pechos de Eva.

En ese momento se apareció un Yavhé colérico y blandiendo la espada de la muerte les increpó con voz de trueno:

-¡Habéis osado desafiarme!, os entregué todo, os di de todo de lo que yo podía gozar, solo os prohibí lo único que hasta a mi me ha estado vedado.

A partir de ahora, tú, Adán, desearás ese beso con todas tus fuerzas, pero Eva te lo negará siempre. Te lo hará rogar, suplicar, y cuando lo consigas, su goce te durará menos que una flor de mayo, se deshojará y se marchitará hasta que no te sepa a nada. Toda tu vida será la eterna búsqueda de este beso sagrado que acabas de profanar, y vagarás como alma en pena tras una quimera hasta que tus labios se quiebren con el rictus de la muerte.

Desde entonces, los hombres buscan los labios de la mujer con incontenible deseo, los poseen y al poco, parten arrastrados por la maldición ancestral. Solo algunos afortunados comprenden alcanzando el beso supremo, que el amor le ha redimido, que ya no necesitarán seguir vagando, que el aliento del paraíso se enciende en la boca de la mujer que aman.”

Esta dramática leyenda y esa preciosa música se han transformado en este bodrio incomprensible intitulado Amor de hombre y del que me niego a hacer ningún comentario aunque… prestarse, lo que se dice prestarse, se presta.

Oigan ustedes esta versión orquestal y luego esto otro de Mocedades y pongan la penitencia oportuna.

Jehová o la naturaleza misma ya los ha condenado a estar a régimen hipocalórico de por vida.


Conste que la voz de Amaya en solitario me parece extraordinaria.

viernes, 14 de mayo de 2010


La tuna, los tunos y los tunantes

Define Maria Moliner, en su nunca superado Diccionario del uso del español, la palabra Tunante, en su segunda acepción, de esta manera:
Se aplica a la persona desaprensiva y, a la vez, astuta y hábil para obrar en su provecho. Granuja”.

Como contrapartida a la inmensa decepción, cabreo, retortijones de tripas, tristeza e instintos asesinos hacia tantos tunantes que manejan nuestras vidas desde las Cortes Generales, quiero poner una gota de humor aprovechando la mención de la tuna que hizo en un comentario anterior mi amigo Hosco.

Copio lo que se decía de los verdaderos tunos o soperos que, aunque aquí y ahora me parezcan algo así como una rara avis o el incorrupto brazo de Santa Teresa, tuvo en su momento sentido dentro de la picaresca española.


“Según el Rey Sabio, Don Alfonso X, decía en sus Partidas, TUNA es Yuntamiento que es fecho d' escolares trovadores, por aver mantenencia, andar las tierras e servir las dueñas dellas con cortesanía, añadiendo el Doctor Don Emilio de la Cruz y Aguilar, a la sazón Catedrático de Historia del Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, que Ansí mesmo, la Tuna, es escuela de vida, palestra de ingenios, crisol de amigos nuevos e probanza de antiguos, fontana de alegrías y honra de las Españas.

Definiciones ambas de LA TUNA, que se contienen en el "Libro del Buen tunar, o cancamusa prolixa de las glorias y andaduras de una tuna complutense", compuesto del citado Catedrático, doctorado en tunantesca por la Gloriosa y muy Andariega de la Facultad de Derecho, libro en cuyo prólogo, se hace una breve defensión del MESTER DE TUNERIA.

Dícese TUNO, aquel que, contando en el número de la alegre, curiosa e nocturnal gente y andariega, es ansí mesmo, escolar de Universidad, y desta conjunción d' excelencias ha de siguirse cuan alto es el exercicio de la Tuneria ( ca son los alegres la sal de la tierra, la música matemática de las esferas, y descanso la noche de ánimas estordidas), y por qué dicho exercicio llevó tras sí, como el mesmo de la caballería andante, tantos nobles corazones por los caminos del mundo. Mas, con ser tan excelentes las virtudes de este Mester de Tunería, que pone su gloria en contentar coitados corazones, hay malastrados que lo denuestan, los unos por ignorancia, los otros por invidia o porque algún tuno les sopló la dama, o cosas dese tenor.

Dicen de nos tantas sinrazones, que fuerza es facer aquí y agora, una breve defensión.

Dicen de nos que vésenos asaz frecuentemente en tabernas de casquivanas e mesones de ligue, e dícenlo, los que tal dicen, como si fuera la Tuna, pía unión de conciertos nocturnales y no cofradía de ardorosa mocedad, a la que fuerza es ver do el holgar tenga su asiento. Que a las novenas van los tunos en atavíos no tunescos.

Dicen de nos que no tañemos e trovamos sino medianamente, ca hay fanfarrias, murgas e rondallas de menestrales que lo facen muy mejor que nosotros, echando a olvido, los que tal dicen, que en tuna, de cien partes, son cincuenta música, y las otras cincuenta, dispierto ingenio, galanura sin tasa, polida osadía, cortesanía abundosa e buen trasegar.

Dicen de nos, que por haber mantenencia, ponemos cara; pecado rahez a fe mía, cuando por haber lujos, presentan otros partes muy menos honradas, que no nombro por no poner en boca lo que tiene lugar en el contrario lado. Y asaz dicho se ha.

Dicen de nos que descomulgamos bolsas. Faga quien tal dixese inquisición cabe sí. Verá como es la sangre del mundo, que furguen unos las bolsas de los otros, de manera que bucea el médico en la bolsa del enfermo, el abogado en la del pleiteante, los mercaderes en la de los mercantes, y la gente del Fisco, en la de todo aquel que alienta so el ancho cielo y olió en su perra vida, maravedí o mota o blanca.

Dicen de nos, que no somos sino alborotadores, que no estudiamos ni dexamos estudiar. Cierto sería, si no hubiera en los corregimientos, o dando fé, judgando o defendiendo en estrados, ilustres que, cuando estudiantes, oyeron la llamada de la sangre y siguieron la vida de Tuna falaguera. Desto no es mester pedir ensiemplos al Conde Lucanor, ca de un catedrático de nuestra complutense, que fue Decano de nuestra Facultad, se puede dicir lo que de aquel otro que...
<<>anduvo de tunante,
caramillo tañendo en las albadas,
e las más de las veces,
mozuelas bien templadas,
de las que dan candela,
en frías madrugadas. >>

Y ansí queda dicho brevemente, como aquestos denuestos, no son sino envidia e hipocondría.

El Tuno español, es el último resto vivo de los goliardos europeos, es un tipo afín en el que pueden encontrarse muchas de las notas que los caracterizaron, pero lo fundamental en el Tuno, es cierta mentalidad aventurera y algunas dotes artísticas, que igual pueden manifestarse recitando versos, que oraciones, tañendo, cantando, o bailando la pandereta.

Los Tunos son al mismo tiempo, como lo refleja Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, sin darles todavía tal nombre, "estudiantes pobres, pero ingeniosos, que viajaban de su casa a la universidad y viceversa, o simplemente se mantenían entre la sopa de los conventos y sus habilidades artísticas, y también rondadores románticos, andantes nocherniegos, que perdían, o ganaban, sus horas bajo una ventana o un balcón.”

*Como se puede apreciar en la ilustración de Celedonio Perellón que encabeza este escrito, queda claro, entonces y ahora, a quién sirven los Tunos/Tunantes que nos gobiernan.

viernes, 7 de mayo de 2010



Estar en el Limbo


La socorrida Wikipedia me informa de que:

“El 19 de abril de 2007, la Comisión Teológica Internacional, que fue presidida por Joseph Ratzinger hasta su elección como papa Benedicto XVI, publicó un documento teológico, que no constituye magisterio pero se emite con la autoridad del Vaticano, que subraya que la existencia del limbo de los niños no es una verdad dogmática, sino solamente una hipótesis teológica, entre otras.”

O sea que más o menos viene a decirnos que los niños no bautizados y todo el gentío que no ha tenido oportunidad de haber sido adoctrinado por la Santa Madre Iglesia Católica pero que han sido unos santos durante toda su existencia, quedan al morirse en stand-by, situación que aconsejaría su desconexión para evitar un gasto de energía vital hasta que se resolviera su problemática situación.

Tarea ardua por cierto, porque siendo hijos de la incitadora Eva y el calzonazos de Adán y no habiendo sido redimidos a través del Bautismo, no merecen el premio del Cielo pero tampoco el castigo del Infierno porque no han pecado por sí mismos y con conciencia de hacerlo.

Y además, para más INRI, Dios es infinitamente misericordioso a la par que infinitamente justo, por lo que…un lío casi irresoluble.

En el catecismo de cuando entonces estaba claro: teníamos un limbo o varios (el de los Patriarcas, el de los justos, el de los niños) que permitía que los padres tuvieran un margen de seguridad para organizar el evento bautismal sin la espada de Damocles sobre su infante del que no se sabía a buen seguro si su cerebro podría albergar pecaminosos pensamientos hacia el padre (Freud ya había teorizado sobre el complejo de Edipo) o hacia la madre por algún retraso en darle de mamar o biberonear.

Claro que esto no va conmigo, ni por cuestiones teológicas ni prácticas: a mí me bautizaron como Dios manda, según testimonios de la mayor credibilidad.

Yo, recordarlo, no lo recuerdo, pero seguro que ahí cometí mi primer pecado, es de suponer que blasfemaría contra toda la parentela del ensotanado que me arrojó agua fría sobre la cabeza sin pararse a pensar en el trauma que me causaba: desde entonces sólo me ducho con agua templada.
Eso sin contar con las consecuencias que el cambio brusco de temperatura podría haber causado al bloquear los pocos circuitos neuronales de que el mismo Dios me había dotado para poder estudiar y llegar a ser un hombre de provecho y un funcionario de pro.

Además los chinitos y los negritos, infieles ya de entrada, que en sus tierras de origen tenían sus propios dioses a los que al parecer tenían contentos, que para eso les ofrecían rezos, sacrificios, fiestas y alguna orgía que otra.

Obsérvense los diminutivos empleados y que eran los utilizados en la época por ser considerados dignos de lástima y objeto de recaudaciones, hucha en mano, para la salvación de sus almas a través de las Santas Misiones.

Claro que esos pueblos no necesitaban precisamente que los niños fuéramos pidiendo machaconamente la “voluntad para las misiones” a los transeúntes, voluntad que quedaba achicada por una especie de iva que nos quedábamos en concepto de trabajo no remunerado por el procedimiento de quitar el tapón situado en el cuello cercenado del chino mandarín o del negro de mirada asustada y pelo ensortijado, o bien sustrayendo con paciencia y una caña a través de la hendidura craneal que a modo de trepanación portaban las cabezas-hucha.

Digo, retomando la primera frase del párrafo, que esos pueblos lo que seguramente querían era que los dejásemos en paz con sus creencias y su cultura, y no andásemos esclavizándolos y dándoles hostias físicas a cambio de hostias sagradas.

Lo dicho, que yo soy católico, estoy en la lista de los condenados potenciales y no me queda el consuelo de poder apostatar.

Aunque pensándolo bien yo no quiero ir al Cielo, que allí para cuatro beatas que debe haber seguro que no tienen ni para alquilar un tocadiscos y la verdad es que la música angelical debe ser aburrida y asexuada.

Tampoco quiero ir al Infierno, que allí estará lleno de purpurados pederastas.

¡Yo lo que quiero es que me devuelvan el Limbo, con un buen equipo de música, unos cuantos libros, buen cine y algunos cronopios y esperanzas!

viernes, 9 de abril de 2010



El tabaco, mi querido enemigo


He intentado varias veces dejar de fumar, no muchas, pero todas ellas con un final que me parecía feliz (engañosamente ya sé), volver a fumar. Era como un regreso al hogar, un recalar en un territorio familiar.

Los alveolos, los bronquiolos, los bronquios…todas las células anhelantes, aplaudiendo insensatamente al recibir la dosis de nicotina placenteramente mortal.

Hago excepción de ese maldito neocortex en su función de elaborar pensamiento racional que estaba cabreado como un mono, a pesar de que paradójicamente los primates son unos fervorosos drogadictos, como se sabe, si se les da la ocasión.

De la única vez que conservo testimonio escrito fue de la de 1994. Mi compañera estaba en sus primeros días de abstinencia, acabábamos de comer y ante el café, el taimado demonio en forma cilíndrica y humeante la tentó. Ya se hallaba a punto de caer cuando yo, transfigurado en arcángel, le recomiendo encarecida y sacerdotalmente que “persevera, hija, persevera” mientras empalmo cigarrillo tras cigarrillo para encontrar inspiración y para mejor argumentar y convencer.

Ante tamaña contradicción decido mentalmente que también me uno a la cruzada y que la solidaridad es la solidaridad y otros pensamientos igualmente edificantes. Cuando ella desaparece para acudir a su trabajo, me compro un disco para premiarme por mis buenas intenciones. Acto seguido y para celebrar la alegría del disfrute anticipado de la audición, enciendo mecánicamente un cigarro.

Primer mazazo a la conciencia.

Me tomo otro café y escribo una lista de beneficios…muchos, en resumen. Casi me fumo otro cigarro pero releyendo la lista me supermanizo y reasumo el Gran Proyecto.

Son las cuatro de la tarde y a las once caigo desmayado en la cama y las pesadillas, que no recuerdo, me provocan pequeñas convulsiones, según mi santa.

El despertar fue horrible, un solo pensamiento: ¿cómo pasar las horas rechazando a cada instante la llamada de la selva? Me digo: “Mi reino por un cigarro”.

Imagino anticipadamente: café con leche sin cigarro; ir al baño sin cigarro; conducir hacia el trabajo sin cigarro; sentarse a la mesa del despacho sin cigarro; proyectar las tareas sin cigarro; almorzar y café sin cigarro…y así todo seguido.

Imposible, pienso.

Tres días sin poder concentrarme y con un humor de perros, mi único objetivo es no caer en la tentación (y líbrame del Mal, Señor).

Recupero el sentido ya casi atrofiado del olfato y descubro que casi todo huele mal.

Recupero el sentido del gusto y casi todo está bueno pero como no tengo prisa en acabar de comer porque no voy a fumar, zampo más de lo que es habitual en mí con las consiguientes malas digestiones y sus derivados gaseosos.

Mis relaciones interpersonales se van deteriorando porque me aburro al cuarto de hora sin el parapeto del cigarro y sus volutas de humo que tanto entretienen y distancian.

Total, que pasada la semana heroica en la que todo el mundo alaba tu entereza, gallardía y voluntad, vino la desesperanza progresiva y un día cuando me desperté “El dinosaurio aún estaba allí”

Comenzaba entonces otra batalla: además de los reproches internos, ahora había que aguantar los externos, los de los falsos amigos que en vez de consolarte por la recaída en el averno del vicio, te escupían, sonrisa en boca, aquello de: ¿pero tú no te habías dejado de fumar?; otros, los compañeros aspiradores/expeledores de humo recuperaban la tranquilidad y la alegría no expresada verbalmente del regreso a la tribu.
A mí me ayudó mucho en mi recaída un libro magnífico que no recomiendo a nadie, escrito por Vicente Verdú y que lleva por título “Días sin fumar”. Es un diario de los tres primeros meses pormenorizando sus vivencias al dejar el cigarrillo; una descripción trágica, con gotas de humor negro, del sufrimiento de quien se siente vacío, solo y enlutecido desde el mismo momento en que se toma la gran decisión. Cuenta que conforme avanzan los días, las semanas más bien, su ansiedad va decreciendo y su autoestima creciendo a la par que empieza a glosar las ventajas olfativas, gustativas y respiratorias del desenganche. Pero el hueco, reconoce, está ahí, acechante, así en la vigilia como en los sueños y los insomnios.

Especialmente emotivo es cuando en un viaje a Alicante, su tierra, al observar el grandioso espectáculo de los almendros en flor, antes de que elcorteinglés anuncie la llegada comercial de la primavera, se baja entusiasmado del coche, busca una piedra que le sirva de asiento para mejor disfrutar del paisaje acompañado de su habitual cigarrillo cuando… ¡maldición, si he dejado de fumar!

De repente las flores, el zumbido de las abejas, el cielo azul, el sol esplendoroso, abandonan sus encantos para dejar paso a la frustración. Retorna a su cubículo metálico y continúa el viaje.

Y de la frustración a la tristeza, una tristeza difusa, inconcreta, generalizada y sin objeto: una tristeza en sí misma.

Todo acaba digamos que bien, pero como el libro lo presté y no me lo han devuelto, improviso lo que me parece recordar: “ Hace tres meses que deje de fumar, me encuentro mejor, subo las escaleras sin cansarme, respiro con menor dificultad, he recuperado los matices del sabor, me siento libre de la maldita dependencia…espero no volver a fumar…he engordado unos kilos, la tristeza sigue rozándome y he llegado a la conclusión de que soy otra persona, no sé si para bien o para mal”.

viernes, 5 de febrero de 2010



Quercus, director de orquesta en la intimidad

Parpadea el cursor, no lo va a dejar de hacer mientras escribo, pero cuando la pantalla está en blanco su intermitencia es apremiante, una llamada a los dedos para que transmitan los pensamientos del cerebro y seleccione de entre la maraña de ellos los que van a quedar aquí escritos.

Puedo volver a los recuerdos de cualquier situación vivida, pero ahora no tengo ganas.
Estoy sentado frente a esta pantalla dejando transcurrir el tiempo acunado por una magnífica selección de música clásica que he grabado con fragmentos de aquí y de allá.Todo ha sido ya escuchado una y mil veces pero no me cansa, todo lo contrario: cada vez descubro un nuevo matiz sonoro y hasta un instrumento de la orquesta en el que no había reparado y que de repente cobra un protagonismo en mis oídos que hasta ese momento no tenía; juego entonces a intentar seguirle la pista, imaginar el rostro de quien lo maneja, su expresión atenta o aburrida, su inmovilidad (excepción hecha de los órganos corporales necesarios para la interpretación) o sus balanceos acompasados de casi todo el cuerpo o sólo de sus cejas, por minimizar el ejemplo.

Cuando el artista es conocido, digamos Claudio Arrau, por nombrar a alguien muy oído, muy visto (y hasta querido) en esta casa, las notas del teclado (sólo aire vibrando) van acompañadas de imágenes muy vívidas de sus manos, de su expresión contenida pero igualmente expresiva, de su mirada perdida y encontrada en los recovecos del mismo sentimiento que seguramente tenía quien compuso la pieza.

Hasta hace poco tiempo trataba de seguir (torpemente) los movimientos de los dedos sobre el piano o el violín, transformados en pulsaciones suaves sobre el cuerpo de mi compañera o el mío propio en su ausencia. Si la obra era orquestal la melodía tomaba la forma de recorridos sinuosos de mis manos tratando de dibujar la música.
Como es de suponer las equivocaciones, las “interpretaciones” de lo interpretado eran mayúsculas, pero a fuerza de repeticiones el garabato resultante debía parecer un retrato naïf del gran cuadro musical. Después de todo lo importante era sumar lo sentido a través del oído con lo sentido a través de las caricias.

Otras veces, decidido y entusiasmado por la música me he atrevido a dirigir (menos mal que nadie me hacía caso) frente a las pantallas acústicas a las mejores orquestas del mundo con resultados altamente satisfactorios (véase paréntesis anterior). Es un deleite meterse en la piel del director e intentar vivir la plenitud que él debe de sentir: una especie de éxtasis, una parcela de paraíso.

De su batuta, de su gesto mínimo o poderoso, acallador o animador, depende que eso que alguien concibió con alegría o con tristeza, reflejado ahora en unas partituras (papeles al fin y al cabo), resucite para nosotros esos sentimientos y los recreemos según nuestra sensibilidad y nuestro estado de ánimo.
Añádanse las imágenes, los recuerdos o las fantasías y el viaje hacia tu mejor interior estará servido.
Bendita música, benditos los que la parieron y benditas las madres que los parieron a ellos.

miércoles, 6 de enero de 2010




La extimidad esperpéntica de la burguesía y

"El Abuelo" de Garci

(Tesis doctoral)


Me tenía acongojado mi amigo Vicent con el concepto de extimidad hasta que con mucho esfuerzo (google) y disminuidas facultades he llegado a la conclusión de que el término acuñado por Lacan no significaba para este ilustre psicoanalista “ostentación de intimidad” sino algo que se le escapa al propio sujeto aunque quiera contar sus intimidades, porque la extimidad está fuera de su alcance, no es narrable, pertenece a su yo más real y, por tanto, inalcanzable para su universo mental.

Me quedo más tranquilo así, me permite seguir contando cosas aparentemente éxtimas pero que en realidad no son más que intimidades de andar por casa, compartibles y hasta pudorosas.

¿Y que tiene esto que ver con la película “El Abuelo” de nuestro oscarizado José Luis Garci, se preguntarán angustiados? Pues ya se verá que sí, que para eso es la tesis.
Por si alguien considera que este ilustre cinéfilo, cineasta, director, productor y escritor realiza películas lacrimógenas, sensibleras, melifluas, blandengues, empalagosas y hasta cursis no seré yo quien se lo discuta, porque comparto la opinión.
Pero quiero salvar “Asignatura pendiente” porque, al margen de la calidad del film, me trae recuerdos y añoranzas de cuando entonces.
Y creo que por méritos propios (de él) merece salvarse de la quema “El Crack”, una producción con todos los ingredientes del auténtico cine negro, con buen guión y todo, y con una actuación de Alfredo Landa que desdice la probable inclusión del término “landismo” en el diccionario de la RAE como encarnación personalizada del cliché de rijoso-macho-ibérico de las películas de destape pseudo-terapéutico de los años setenta y ochenta.

Ningún reproche para Landa, la mayoría tenemos que trabajar para subsistir sin poder elegir, aunque antes y después de esa nefasta etapa del cine español, nuestro actor demostró sus inmensas cualidades interpretativas.

“El Abuelo” también es rescatable a mi parecer y no es ajeno a ello el que esté basada en una novela de Pérez Galdós, en que parte de la música sea de Satie, en que la fotografía sea espléndida y en que, sobre todo, actúa uno de los más grandes del cine en España (y en el Mundo entero, que diría un andaluz).
Me refiero, como no, a Fernando Fernán Gómez: imponente en su mirada, en su portentosa voz, en su forma de declamar y en su entera presencia, que justificaría por sí sola la invención del cinerama.
No creo que Garci tuviera muchos problemas de dirección: a don Fernando se le da el guión, se le pone la cámara delante, se dice ¡acción!... y a rodar sin desperdiciar cinta o lo que se utilice ahora.
La película es como “El Gatopardo” (perdón, Visconti) pero a la española, me explico: un señor feudal, un aristócrata venido a menos en sus riquezas pero no en sus valores de honor y de pureza de sangre, se ve acosado por la naciente burguesía, que partiendo de la nada y a base de aplicar aquello de “dinero no falte y trampa adelante” va adquiriendo poder económico y político.
Tampoco sale bien librado el campesinado, presto a recoger las migajas con falsa sumisión y artimañas variadas.
La historieta de la averiguación de cuál de las dos niñas (aquí pintadas como dos angelitos y en la novela como dos pequeñas arpías) es la auténtica nieta, y por tanto heredera del patrimonio genético, no me interesó nada, sin comentarios pues. Paso también por alto el que Garci haya colocado en el reparto a la mitad de la familia (Cayetana, su padre Fernando Guillen, Emma Cohen, la señora de F.F.G), nepotismo light al fin y al cabo.

A lo que vamos: No es que Galdós-Garci defiendan la aristocracia y sus principios, pero uno acaba tomando partido por ese abuelo huraño y terco, pero sincero, anticlerical y valiente, que ve como acaba una forma de sociedad (la “natural”, pensaría él, aquella en la que cada uno estaba en su lugar) para dejar paso a otra tan mezquina o más que la anterior, donde todo es movedizo, arribista e inseguro.

Acabé mi lectura diciendo:
“Esa naciente burguesía, ostentosa incluso de sus miserias, es extimidadamente esperpéntica”.
Expuesta esta última frase contundentemente como impepinable consecuencia de la lógica de las lógicas, se produjo un silencio cortante en parte del tribunal (la que estaba despierta) y el acallamiento súbito de los ronquidos del resto de los togados.
Y aquí es cuando me suspendieron:
“Suspenso summa cum laude”, dijo el portavoz del tribunal, evidentemente airado, en un latín que a mí me pareció pronunciado sin ganas y saltándose la mitad de las emes.
“Y además por unanimidad absoluta”
Intenté decirle que esto último era un pleonasmo innecesario y vengativo, sobre todo porque no había consultado a sus compañeros, pero no pude, el vocero estaba lanzado…
“Usted no ha leído a Lacan, si lo ha leído no se ha enterado de nada, y además su complejo concepto de la extimidad nada tiene que ver con Garci y su dichosa peliculilla…”
Yo argumenté en mi defensa que Berlanga, en todas sus películas introducía en alguna frase lo de “austro-húngaro” viniera o no a cuento y sin embargo ya ven, fue premiado con el Príncipe de Asturias de las Artes. Lo mío, pues, sería una injusticia.
No me quedó otro remedio que imitar a don Fernando y con voz poderosa espeté:
¡Váyase a la mierda!
No obstante en el próximo escrito volveré a mis intimidades sin extimidarme, pero porque no puedo como ya ha quedado claro, que lo dijo Lacan, que él sí aprobó su tesis doctoral.

viernes, 11 de diciembre de 2009








Para Hosco, Platja y un trocito de mar iluminado por la luna.






Ocurrencias tras ver la película “R.A.F.”
(Crítica aplazada)


Los hijos de papá (fuera éste real o atribuido) tenían allá por los magnificados años sesenta dos opciones “revolucionarias”, a saber: o se hacían hippies o se integraban en uno de los corpúsculos de extrema izquierda.

El objetivo era el mismo, o sea: acabar con el opresor sistema ya fuera por la vía floral, ya por el disfraz guerrillero.

Unos y otros, acabaron, salvo excepciones, en el gabinete profesional del mentado papá, en un cargo público, o de diputado en las Cortes una vez realizada la necesaria metamorfosis ideológica que al fin y a la postre no fue tan traumática como parecía en principio.

Otros, generalmente de familias “con menos posibles”, se tomaron la cosa en serio, no entraron en juegos florales ni viajes intergalácticos elesedianos, tampoco se disfrazaron de nada (si acaso llevaban la socorrida trenca, el jersey de cuello alto, las chirucas y el pelo un poco largo) que estudiando, trabajando o ambas cosas intentaron poner su granito de arena para que la situación cambiara: aquello de luchar por la libertad, la justicia, los derechos humanos, el reparto de la riqueza, la no explotación del hombre por el hombre…y de dictaduras ¡ni la del proletariado!

¿Qué fue de aquellas personicas que con tanta ilusión y tanto miedo, se-creyeron-de-verdad que estaban contribuyendo a un mundo mejor mientras el Club Bilderberg y otros, diseñaban las vidas y destinos de los pueblos?

Lo resumía un buen amigo: rodeados, perdidos y derrotados.

Estos derrotados, probablemente hijos de derrotados, buscan humildemente su rinconcito en medio de la selva, con su filosofía simple (que no simplista) de no molestar pero no ser molestados, de ser honrados en su trabajo y en su vida, de cuidar a los suyos y no maltratar a nadie, de rodearse de amigos que no los traicionen y gozar de los rayitos de sol cuando surgen esporádicamente entre los cúmulos grises de tormenta y dejan pasar una sonrisa, un apretón de manos, una canción, una caricia…o una sabrosa cena, con debate incluido, la noche de los viernes.

viernes, 30 de octubre de 2009


Frustraciones papales

No recuerdo ni el nombre ni la numeración que identifican al Santo Pontífice (también llamado Santo Padre o Papa a secas) al que quiero referirme, pero sí recuerdo claramente la cariñosa admonición que les hacía a los fieles católicos particulares, es decir, a aquellos que no tienen dedicación exclusiva al culto y a la adoración divina.
Digo, que el chorreo paternal era por que no encontraba novelas, películas u otras formas de expresión, más allá de los misales o “caminos”, que ensalzaran la vida y milagros de Jesucristo o de sus celestiales progenitores dentro de las prietas filas del catolicismo.

Por el contrario había un buen puñado de cineastas y escritores ateos, agnósticos, comunistas y hasta anarquistas que habían dedicado su talento artístico, su esfuerzo imaginativo y hasta su dinero a tratar el tema religioso desde posturas que para nada propiciaban la fe, la piedad y la oración.
Este Papa, que no era nada tonto, no podía dejar de admirar a Pasolini, a Buñuel, a Saramago y a otros tantos genios, alguno de los cuales hasta se atrevía a figuras retóricas (del tipo paradoja) en las que proclamaba que “era ateo, gracias a dios”.

Viene esto al hilo de que hace unos mese leí un libro de Andrés Aberasturi titulado “Dios y yo” en el que relataba sus relaciones con el Altísimo desde su más tierna infancia y los problemas que le habían creado en la España de su tiempo, que es el mío, el planteamiento de elementales dudas al tutor ensotanado de turno; todo ello contado sin reproches, con humor y hasta con cierta nostalgia.

La conclusión a la que llegaba y que adelantaba ya en los primeros párrafos es que su relación con dios era ninguna. Tan “ninguna” como en el diccionario “Plena vortaro” de esperanto en donde uno busca dios (palabra) y no lo encuentra y eso que en el Libro de los Libros se dice “que en el principio fue el verbo”, pues ni así: ni por verbo, ni por nombre, ni por nada. Estos rojillos de la “Sennacio asociacio” (traducible por asociación anacional) no le dan entrada, bien sea por que no le conceden entidad o porque no saben cómo definirlo, pero el caso es que no saben/no contestan.

Más grave aún es el caso de Pasolini que en su “Evangelio según San Mateo” nos elige a un actor feo, cejijunto y meón para hacer su película en blanco y negro llena de herejías, dibujándonos a un Salvador demasiado cercano, demasiado humano. Para matarlo, oiga.
El caso de Buñuel es de juzgado de guardia por que casi no hay película suya en la que no se mofe de ceremonias sagradas, santas cenas, ridículos ascetas, etc. Claro que el cura de Calanda, su pueblo, decía que cuando acudía allí a lo de aporrear el tambor, mantenía con él largas y amigables charlas sobre teología, en fin, cosas que pasan.

Saramago, don José, va ya por su segundo libro sobre la cuestión: su novela “Caín” es posible que no sea su mejor obra, o incluso que sea una obra menor, pero el cachondeo que se trae con el Antiguo Testamento no lo es.
Para empezar emplea las minúsculas para nombrar a todo personaje bíblico, pero como desconozco lar normas ortográficas del portugués pues allá se apañe su santa traductora con la Academia.
“El Evangelio según Jesucristo” es tan osado como lo fue la “Autobiografía del general Franco” de nuestro añorado Vázquez Montalbán. (Estos dos, que superan las 250 páginas entran dentro del capítulo de excepciones de un post anterior).

Y para acabar añado una modesta película cubana que vi hace unos días y que, con el título de “La Santa Cena”, describía el comportamiento piadoso del cacique colonial que invitaba a su mesa en Jueves Santo a una docena de esclavos, negros por supuesto, para hacerles unas no menos piadosas reflexiones sobre la humildad y el aceptamiento del castigo por parte del capataz de la plantación, ya que “ellos”, creados por Dios con mayor habilidad y menor capacidad de sufrimiento que los blancos para cortar caña, debían estar agradecidos de tener la oportunidad de alcanzar el Cielo con mayores probabilidades.
Por supuesto que la no completa comprensión del mensaje del amo en su papel de Cristo acaba en masacre. Con los esclavos no se puede ser magnánimo, al fin y al cabo hasta se vuelven más cantarines cuanto mayores son sus penalidades.

En fin, que este Papa, como el otro, deberá seguir esperando…

miércoles, 1 de julio de 2009


Sobre agendas y carteras

Como supongo que les sucede a muchas personas me gustan las agendas, las de papel con tapas de cartón, las de toda la vida, las que luego no utilizamos pero que justifican , por ejemplo, el uso de una cartera (de piel, por favor…y sin asa de plástico, que la degrada y la horteriza).


Las carteras… “El cartero llevaba las cartas en la cartera”… esas que uno lleva en la mano con un ligero balanceo y que te prestigian ante ti mismo y quizás (en otros tiempos, al menos) también ante los demás: quien era portador de cartera era cuanto menos oficinista, cuanto más Ministro.

Un ministro “sin cartera” es menos ministro, me parece a mí, suena como a enchufado, a ministro recadero ; luego resulta que su voto tiene la misma validez que los que son “carterados” pero tengo la impresión de que tienen la obligación (a)moral de votar a favor de lo que diga el Presidente del Gobierno y que andan a la zaga de que algún compañero pierda la suya para apropiársela. Un ministro sin cartera debe ser maquiavélico o frustrado, digo yo.


No hay que confundir las carteras de las que hablo con esa otra cosa que se llevaba y aún se lleva colgando sobre el hombro y que recibieron el nombre de “mariconeras”, no sé muy bien por qué.
Reconozco que a pesar de no gustarme yo las utilicé en su tiempo y resultaban cómodas y prácticas: te permitían liberar las manos; pero a mí se me iban resbalando continuamente hasta el punto de que mi hijo pequeño, y entonces de verdad lo era, tenía una verdadera obsesión cuando lo llevaba en brazos, de cuidar de que no se escurriese, creo que pensaba que de la estabilidad del bolso/cartera dependía que él no siguiese su camino vertical y gravitatorio. ¡Ay!


Ante la tentación de caer en el recuerdo de aquellos trayectos con niño a cuestas y cartera en bandolera, sigo con lo que estaba…

¿Qué decir de esos cinturones con un ensanchamiento marsupial o cojonero que lucen los playeros y urbanitas para llevar las llaves, el dinero y otros objetos? ¿Y de las pistoleras portadoras de móvil? Como se suele decir: no tengo palabras para expresarlo, la emoción me embarga.

Pero a mí la cartera que más me gusta es la que lleva mi querida Ana Torrent en “El espíritu de la colmena”: tiene la medida justa para engrandecerla y no arrastrar por el suelo; forma parte de su personica y en ella lleva la batería que ilumina sus ojos abiertos al misterio de la vida, la real y la del más allá, que sólo unas pupilas como las suyas (y la de la cámara de Erice) podían haber captado.

¡Ah! Sobre las agendas escribiré otro día.

miércoles, 1 de abril de 2009


Conclusión


Al contrario de lo que me sucede con las áreas de servicio de las autopistas en donde me siento solo en medio de tanta pulcritud impersonal y fría, me encuentro a gusto en los bares de carretera con esas barras repletas de viandas en franca competencia por lograr las más altas dosis de colesterol, triglicéridos y transaminasas varias.
La primera impresión puede que sea la de suciedad por lo que te encomiendas con fe y esperanza a tu sistema inmune/inmunitario/inmunológico, pero posiblemente no sea la falta de higiene de lo que se trate sino de la acumulación y el desorden en las cosas expuestas, amén de la multitud de papelillos que suelen tapizar el suelo. La estética, por resumir.
También los tímpanos corren peligro ante la presión acústica, pero a mí me compensa, pasado ese primer impacto, por la alegría ambiental, tanto en su vertiente humana (esas mesas con camioneros o familias con niños hiperactivos y vociferantes, engullendo tremendos bocadillos), como por el abigarramiento de olores a cerveza, café, puros y demás aromas procedentes de los hábitos “malsanos” que la gente currante practica con vocación y apasionamiento.
En esos bares uno se atreve a pedir un bocata-tortilla-con-dos-longanizas (o bocata-calamares-con-ración-de-patatas-bravas) sin complejo de culpa ni pensamientos conmiserativos hacia a las vísceras que han de sufrir las consecuencias de una digestión laboriosa.
Lo que en otras circunstancias me resultaría insoportable, no lo es si lo enmarco en un viaje no demasiado largo, en donde la parada de rigor – no es bueno conducir más de dos horas seguidas – tiene la virtud de la integración tribal, casi orgiástica, que te libera del aislamiento del cascarón rodante y el peligro omnipresente de la carretera. La seguridad en suma, cuando ya empezaba a instalarse en tu cabeza la pregunta: ¿Realmente quería yo salir de casa?
Bueno, pues además de todos estos alicientes, que confortarán el resto del viaje cuando el clic onomatopéyico del cinturón de seguridad te traslade mentalmente al lugar de destino…además, digo, está toda la cacharrería que “adorna” el bar, desde expositores con casetes (ahora devedés) de autores inencontrables y cañís, hasta películas porno, caramelos, mieles, aceites, navajas de Albacete, juguetes, llaveros increíbles, etc.
Todo un sub comercio con las esencias patrias donde se funden lo más auténtico de un jamón y un queso lugareños con una botella de vino con la etiqueta con la foto de Franco o de un torero famoso.
Y en las paredes, de un color indefinido, a los lados de la cafetera y de una colección desalineada de licores, unos azulejos se ocupan de incrementar tu acervo cultural con refranes, sentencias y aforismos de hondo calado popular.
En lugar destacado suele haber un letrero que sentencia: “LO MEJOR DE ESTA CASA SON SUS CLIENTES”.
Concluyendo: Esto mismo que reza el cartel en lugar preeminente pienso yo de este blog.

martes, 24 de marzo de 2009


Filología a la boloñesa


Un anónimo amigo me envía esta reflexión filológica como aporte, y para su incorporación, si procede, a las nuevas privatizaciones de estudios del "Plan Bolonia". Dice ocultar su identidad por temor a posibles reacciones "airadísimas" de los Mossos d´Esquadra. Hela aquí:


En el idioma español no existe el modo superlativo regular, sino que se construye con locuciones que expresan el grado máximo del calificativo:

- Bueno, muy bueno, de puta madre

- Rápido, muy rápido, cagando leches

- Valiente, muy valiente, con dos cojones

- Lejos, muy lejos, a tomar por culo

Pero, mofas aparte, observo que el sufijo “-ísimo” (que heredamos del latín) viene cayendo en una cierta obsolescencia y parece propia de un lenguaje afectado e inverosímil, evitándose su reiteración. Ciertamente, hablar con profusión de “rapidísimo”, “valentísimo” o “lejísimos” queda incomodísimo, fastidiosísimo, insoportabilísimo, es decir, un coñazo

sábado, 7 de febrero de 2009


Cuestión de gustos

Mi amigo Vicent me dice en uno de sus últimos comentarios que eludo hablar de Mónica Bellucci: la razón única y última es que mi novia, aquí presente, es muy celosa y yo soy un tipo fiel. Además no cambio la belleza con encanto y dulzura por la ubérrima y un tanto burda procacidad sexual de su admirada.

(Perdona que te utilice vilmente como excusa, es que no sabía cómo poner esta foto tan bonita de Marilyn)
















jueves, 5 de febrero de 2009


Aportación de un ilustre galeno

En una entrada o post anterior consideré que este blog tenía vocación colectiva, familiar, amistosa y abierta.
El tiempo me va dando la razón y hoy me enorgullece dar la bienvenida a un nuevo contertulio que me solicita la inclusión de unas recomendaciones higiénicas que considera útiles para la salud física y mental de los que por aquí escribimos.
No quiero entrar en el análisis de las razones que le han llevado a ofrecernos sus consejos pero me temo que en lo que a mí respecta las considera urgentes y de obligado cumplimiento.

Vida honesta y arreglada:
Usar de pocos remedios
Y poner todos los medios
De no apurarse por nada;
La comida moderada;
Ejercicio y diversión;
No tener nunca aprensión;
Salir al campo algún rato;
Poco encierro; mucho trato;
Y continua ocupación

jueves, 29 de enero de 2009



Denegación definitiva



Lo que hasta este momento era un “silencio administrativo” y, en consecuencia, merecedor de un atisbo de esperanza se ha transformado en un no rotundo e inapelable.


Los gorilas de montaña no me admiten de-ninguna-de-las-maneras.

Sometida mi foto (la del post anterior) a un exhaustivo análisis, TAC incluido, han comprobado que tras la apariencia sumisa y hasta soñadora se escondía esta otra, que ha organizado tal revuelo selvático que casi provoca una asamblea extraordinaria de la ESU (Especies Simiescas Unidas), para evitar nuevos intentos de infiltración humana.

La reversión a mi anterior estado, a pesar de que no dudo del gran trabajo realizado por la cirugía reconstructiva, no me acaba de satisfacer: se me han quedado ciertos rasgos de primate (entre chimpancé y macaco) que ya me ha costado el cargo político y quién sabe si el divorcio.
(Nota: Sé que un eminente biólogo del SDT-IVIA ha intervenido en las investigaciones. Te lo digo clarito: “Me he quedado con tu cara, sé tu dirección y hasta te puedo localizar en facebook … cuídate de los idus de marzo”)

Aún así, y para conservar un poco de dignidad en el llanto, he recurrido, de forma excepcional, a un manual de instrucciones que me ha prestado mi amigo Julio Cortázar.

Instrucciones para llorar.

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza.El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca.Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto.Duración media del llanto, tres minutos.

sábado, 24 de enero de 2009


Cambio de especie

A pesar de que he tenido que someterme a múltiples operaciones quirúrgicas (que me han costado una pasta gansa, y un montón de gestiones con bancos y cajas de ahorro que se negaban en redondo a prestarme el dinero), yo creo que el resultado, como puede apreciarse en la foto es excelente.

Bueno, pues no ha servido de nada, o dicho de forma más castiza: mi gozo en un pozo. No me han admitido en ninguna de las manadas de gorilas a las que cursé instancia, ni en Ruanda, ni en Uganda ni en Zaire (en este último país creo que ha sido culpa mía porque ya no se llama así, que se llama República Democrática del Congo, y me han devuelto las cartas, que se las lleve a Mobutu, me han dicho).


Y mira que me rompí la perola argumentando mi decisión irrevocable de cambiar de especie visto lo que ocurre en la mía; les envié en dosier ilustrado de los comportamientos desde el mismo inicio de la bipidestación, les conté lo de Caín y Abel, las Guerras Púnicas y las otras, lo de Hiroshima y Nagasaki, lo de Hitler, lo de Bush…en fin, un resumen bastante aclaratorio de la condición humana.
Les adjunté un árbol (yo sé que les gustan los árboles) genealógico que me emparentaba con la misma Dian Fossey, bastante conocida por aquellos pagos… hasta les mandé una foto de Sigourney Weaver dedicada.

A pesar de que por edad me correspondería, renunciaba a la posibilidad de presentarme a “espalda plateada”; juraba someterme a las normas del grupo y a hacer un curso de alaridos renunciando a mi lengua materna; aseguraba presentarme ligero de equipaje (un libro de Cortázar y unas cuantas fotos para presentarles a mis pocos humanos queridos); prometía por mi honor no coquetear con gorilillas de buen ver sin permiso de la autoridad competente; renunciaba a cualquier adoctrinamiento político o religioso; me comprometía a una estricta dieta vegetariana (pedía la exención de comer insectos, eso sí) abjurando de la tortilla de patatas y los calamares a la romana; me brindaba a investigar sobre cómo elaborar algún tipo de vinillo o cerveza a base de plantas autóctonas…

En fin, yo creo que todo bastante razonable ¿no? pues ni aún así, silencio administrativo. No sé si es que no acaban de fiarse, si temen un contagio transgénico o es que en vez de llamarles “manada” les tenía que haber llamado “familia”.

El caso es que ya no puedo más, no hago más que querer desapuntarme de todo lo que me ligue a la especie “reina de la creación” y no hay manera: no me dejan apostatar, no me dejan intervenir en los asuntos públicos que me conciernen, no me dejan fumar en paz y posiblemente tampoco me van a dejar morirme dignamente.

Como dijo alguien: Que paren el mundo, que me apeo.