viernes, 19 de febrero de 2010


Alrededor de la medianoche

(Bertrand Tavernier, 1986)


Esta película tiene dos protagonistas: el jazz y la amistad.

El primero está encarnado por un gran saxofonista americano (Dexter Gordon) y el otro por un publicista francés sin muchos recursos económicos pero dispuesto a darlo todo por salvar el genio creativo y la persona alcoholizada que lo hace posible.


El fondo paisajístico lo ofrece un París casi siempre nocturno con clubes de humo y alcohol, escenario imprescindible para el buen amante de jazz de los años cincuenta en los que se desarrolla la historia.

Dexter Gordon, en su primera y única aparición estelar, cumple a la perfección su papel dentro y fuera de las sesiones jazzísticas (acompañado por un magnífico conjunto liderado por el pianista Herbie Hancock).


Actúa con naturalidad representando el papel de otro saxofonista, Dale Turner,cuya vida en su penúltimo capítulo, en París, antes del hundimiento final en su vuelta a Nueva York, nos quiere narrar el gran Tavernier.

La vida de Turner y la de Gordon debieron tener tantos trazos comunes que hace perfectamente creíble la película y difícil de imaginar que nadie, sino otro músico con la misma sensibilidad, hubiera podido protagonizarla.


Turner/ Gordon es un hombre cansado que vive sólo por y para la música, que sueña con armonías imposibles de interpretar y que piensa que ya ha agotado sus posibilidades.

Se siente heredero de la música clásica del periodo modernista francés (Debussy, Ravel) y de sus continuadores en el terreno del jazz: los creadores del bebop (Parker, Gillespie, Monk…) rompedores de moldes y corsés que habían establecido los grupos y orquestas “de blancos” con su descafeinamiento de la música negra, refugio y rebeldía de un sector marginado, convirtiéndola en una música amable, para bailar.


Es un hombre humilde, afable y casi inseguro, que continuamente pregunta “¿He estado bien?”, y que expresa sin envidias su admiración por sus compañeros del saxo tenor: Young, Hawkins y Webster.


Asistimos, queda ya dicho, al final de una etapa personal que le conduce a las drogas y a la muerte cuando decide “suicidarse” volviendo a Nueva York, pero es hermoso el paréntesis parisino de abstemia, para compensar tanta amistad y tanto amor al jazz.


A propósito, quien no haya leído el relato “El perseguidor” de Cortázar que lo haga. Quizás encuentre ahí la fuente de inspiración.

jueves, 11 de febrero de 2010



Prohibido prohibir
(Por lo menos hasta estos extremos)




Leo el artículo publicado por Javier Marías en el suplemento dominical donde habitualmente escribe y como no encuentro el sitio donde adherirme con mi firma a su canto a la libertad condicional de los que seguimos eligiendo morir con la colilla puesta, su defensa a tener un mínimo espacio aunque sea con la etiqueta de apestados, marginados, cuasidelincuentes y su denuncia de la hipocresía política convertida ya en social-fascismo... es por lo que reproduzco su escrito, sin la venia.


"La cruzada antitabaco de Zapatero y su Ministra de Sanidad, Jiménez, está adquiriendo tintes tan demagógicos que, antes de tarifar con ellos a todos los efectos, he intentado darles la razón, a ver qué pasaba. En lo relativo a la inminente prohibición de fumar en todos los lugares públicos cerrados, no lo consigo. ¿Por qué en todos? ¿Es que los no fumadores piensan frecuentar todos y cada uno de las decenas de millares de bares y restaurantes desperdigados por España? Los fumadores ya sólo aspiramos a que en algunos locales se nos permita echarnos un pitillo mientras tomamos una caña o justo después de almorzar o cenar. ¿Por qué no puede haber unos cuantos sitios así, llámense clubs de fumadores o como se quiera? ¿Por qué, entre los muchísimos que prefieren que se fume en ellos –no me cansaré de repetir que esa ha sido la causa de la nueva ley que se avecina: que los propietarios han hecho uso de la libertad que se les concedió contrariamente a los deseos del Gobierno, en vista de lo cual éste se la retira, vaya libertad condicionada–, no se efectúa un sorteo y se consiente que cierto porcentaje admita el humo en sus dependencias? Los no fumadores no entrarían en ellos, como otros no entramos en casinos, puticlubs o sex-shops, eso sería todo. En cuanto a los camareros –también podrían ser autoservicios, y no haberlos–, tendrían que ser asimismo fumadores voluntarios, no se verían obligados a respirar una atmósfera indeseada.

Este ejercicio de comprensión que intento no lo están llevando a cabo muchos más fumadores. Conozco a no pocos que han prometido no volver a pisar un bar ni un restaurante una vez que la intolerante nueva ley entre en vigor. Así que es natural que el gremio de hostelería esté preocupado. Este diario se ha alineado con Zapatero y Jiménez hasta el punto de publicar un reportaje con el titular "Sin humo no se hunde el bar" y el subtitular "Los hosteleros vaticinan un desastre por la prohibición de fumar, pero la experiencia en otros países lo desmiente", en el que sin embargo, al leer la información, ésta desmentía rotundamente dichos titulares, que se convertían en incomprensibles: resulta que en Irlanda hay un 25% menos pubs de los existentes antes de la prohibición; en el Reino Unido caen 52 a la semana, en el plazo de un año cerraron 2.377 y se redujeron 24.000 empleos; en Italia, un 12% de los establecimientos acusó pérdidas "significativas"; y en Francia la gente se ha refugiado en las terrazas, convirtiendo el "problema del humo" en el "problema del vocerío" desesperante para los vecinos, que es lo que sucederá en España, dados el buen tiempo reinante y los pingües beneficios que sacan los Ayuntamientos de la proliferación de mesas en las calles. Otro extraño titular de El País afirmaba que los partidarios de la prohibición total eran "clara mayoría". Luego, la noticia revelaba que se trataba de una mayoría pelada del 52%, frente a un 44% que se oponía, si mal no recuerdo. Un 44% es mucha gente, como para cercenar su libertad completamente. Unos veinte millones de personas, con las cuales, yo creo, debería llegarse a algún tipo de entendimiento.

En lo que sí he logrado darles la razón a los tramposos Zapatero y Jiménez es en su última medida de adornar con pavorosas fotos los paquetes de cigarrillos: pulmones destrozados, dentaduras roídas, fetos, jeringuillas, gatillazos y demás males que pueden sobrevenir a los fumadores. Aunque eso no hará sino disparar la venta de pitilleras (yo las uso desde hace años), me parece bien, siempre que se haga lo mismo con todos los demás productos que pueden dañar nuestra salud o matarnos. Exijo, por tanto, que las botellas de vino, whisky y ginebra lleven fotos de repulsivos borrachos, de hígados con cirrosis y de las ratas y arañas que se aparecen a quienes sufren de delirium tremens. Quiero que en las carreteras, y sobre las portezuelas de los coches, haya, bien visibles, imágenes de muertos aplastados por la chatarra, tetrapléjicos en sillas de ruedas, motoristas decapitados, peatones atropellados, cueros cabelludos arrancados y brazos y piernas amputados. Que presidan las playas grandes fotos de ahogados, de miembros hinchados por las picaduras de las medusas y de afectados por cánceres de piel. Reclamo que los costados de los aviones exhiban imágenes de catástrofes aéreas, con cuerpos desmembrados, terroristas con bombas y momentáneos supervivientes chapoteando en un mar helado, y otro tanto los de los trenes, ilustrados por desastres ferroviarios y por las consecuencias del 11-M.


Pido que en las fachadas de los Ayuntamientos se vean fotos de paisajes destruidos por la especulación inmobiliaria, y de gente sorda por culpa del ruido de sus infinitas y arbitrarias obras. Porque todas esas desgracias pueden acaecerle a quien bebe alcohol, o monta en coche o en moto o es un mero transeúnte, o a quien vuela o viaja en tren, o a quien se baña en el mar, o a quien está expuesto a los abusos del Ayuntamiento de turno. Sería un mundo alentador y alegre, lleno de estampas que nos describieran gráficamente los peligros y horrores que se ciernen sobre nosotros constantemente. Es posible que la economía se fuera al traste, pero qué se le va a hacer.

Al fin y al cabo, ¿no son los Gobiernos los que sacan mayor provecho del consumo de tabaco? Si nos ponen fotos espantosas en las cajetillas, que las pongan también en todo el resto, incluyendo las de obesos inmovilizados en muchos productos alimenticios. Si no lo hacen, quedarán como hipócritas, además de como fanáticos y supresores de las libertades."


JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 7 de febrero de 2010

viernes, 5 de febrero de 2010



Quercus, director de orquesta en la intimidad

Parpadea el cursor, no lo va a dejar de hacer mientras escribo, pero cuando la pantalla está en blanco su intermitencia es apremiante, una llamada a los dedos para que transmitan los pensamientos del cerebro y seleccione de entre la maraña de ellos los que van a quedar aquí escritos.

Puedo volver a los recuerdos de cualquier situación vivida, pero ahora no tengo ganas.
Estoy sentado frente a esta pantalla dejando transcurrir el tiempo acunado por una magnífica selección de música clásica que he grabado con fragmentos de aquí y de allá.Todo ha sido ya escuchado una y mil veces pero no me cansa, todo lo contrario: cada vez descubro un nuevo matiz sonoro y hasta un instrumento de la orquesta en el que no había reparado y que de repente cobra un protagonismo en mis oídos que hasta ese momento no tenía; juego entonces a intentar seguirle la pista, imaginar el rostro de quien lo maneja, su expresión atenta o aburrida, su inmovilidad (excepción hecha de los órganos corporales necesarios para la interpretación) o sus balanceos acompasados de casi todo el cuerpo o sólo de sus cejas, por minimizar el ejemplo.

Cuando el artista es conocido, digamos Claudio Arrau, por nombrar a alguien muy oído, muy visto (y hasta querido) en esta casa, las notas del teclado (sólo aire vibrando) van acompañadas de imágenes muy vívidas de sus manos, de su expresión contenida pero igualmente expresiva, de su mirada perdida y encontrada en los recovecos del mismo sentimiento que seguramente tenía quien compuso la pieza.

Hasta hace poco tiempo trataba de seguir (torpemente) los movimientos de los dedos sobre el piano o el violín, transformados en pulsaciones suaves sobre el cuerpo de mi compañera o el mío propio en su ausencia. Si la obra era orquestal la melodía tomaba la forma de recorridos sinuosos de mis manos tratando de dibujar la música.
Como es de suponer las equivocaciones, las “interpretaciones” de lo interpretado eran mayúsculas, pero a fuerza de repeticiones el garabato resultante debía parecer un retrato naïf del gran cuadro musical. Después de todo lo importante era sumar lo sentido a través del oído con lo sentido a través de las caricias.

Otras veces, decidido y entusiasmado por la música me he atrevido a dirigir (menos mal que nadie me hacía caso) frente a las pantallas acústicas a las mejores orquestas del mundo con resultados altamente satisfactorios (véase paréntesis anterior). Es un deleite meterse en la piel del director e intentar vivir la plenitud que él debe de sentir: una especie de éxtasis, una parcela de paraíso.

De su batuta, de su gesto mínimo o poderoso, acallador o animador, depende que eso que alguien concibió con alegría o con tristeza, reflejado ahora en unas partituras (papeles al fin y al cabo), resucite para nosotros esos sentimientos y los recreemos según nuestra sensibilidad y nuestro estado de ánimo.
Añádanse las imágenes, los recuerdos o las fantasías y el viaje hacia tu mejor interior estará servido.
Bendita música, benditos los que la parieron y benditas las madres que los parieron a ellos.

viernes, 29 de enero de 2010


De cuando los políticos debatían

De entre los papeles perdidos por los cajones de la casa y en proceso de compostaje, recupero las impresiones que escribí después de ver el debate entre Aznar y González el 23 de mayo de 1993. Decía yo entonces:

“Gran espectáculo de lucha libre entre candidatos a la Presidencia del Gobierno de España en Antena-3.

Presentación con absoluto despliegue de medios y de dineros. Un equipo de trescientas personas para preparar el evento anunciado como el primer “cara a cara” entre los dos primeros espadas de los dos partidos con opciones reales de ocupar el poder. El resto de formaciones políticas son descaradamente ninguneadas: el bipartidismo está ya consolidado.

Todo huele a espectáculo, a circo: la entrada al plató es recogida por la cámara como si se tratase de dos gladiadores a punto de saltar a la arena y enfrentarse a un rugiente público y a una prensa en funciones de supremo emperador ávida de alzar o bajar el pulgar hacia uno o hacia otro según su tendencia política más o menos disfrazada de objetividad.

Los asesores de imagen ya han pactado el número de cámaras, los ángulos que más favorecen al personal litigante, se ha escogido la posición sedente cuidando de que la altura ofrecida ante los ojos del espectador sea la misma, que no se note que Felipe es más alto porque como dijo Napoleón: “Ser más alto no es ser más grande”.

Se inicia la función con el paseíllo de los toreros avanzando al unísono flanqueando al moderador (Manuel Campo Vidal) con un aire marcial y decidido.
Los tiempos están medidos, estipulados, se han revisado los guantes y las zapatillas para evitar herraduras ocultas. Se han ensayado las sonrisas desmoralizantes del adversario y los gestos enérgicos de convicción y carácter de mando.

La labor de los preparadores, de los entrenadores, ha terminado. Ahora es la hora de la verdad, la de poner de espaldas al contrincante y si es posible envolverlo en la red de las palabras y clavarle el tridente en la yugular. Eso sí, educada e incruentamente.
Desde una sala contigua siguen la contienda los equipos de apoyo, los segundos y terceros en la jerarquía, comiéndose la pantalla dispuesta al efecto para que puedan cronometrar, observar el seguimiento estricto de los acuerdos, aplaudir, desmoralizarse y sobre todo sudar, abandonados ya por el desodorante a pesar de ir en mangas de camisa, que es como ir en traje de faena.

Y cuando empieza el debate y a pesar de que uno quería contemplarlo desde el desapasionamiento y la distancia (al fin y a la postre no iba a votar a ninguno de ellos), resulta que te entra el nervio y empiezas a desear ver sangre, ver a sus esposas y niños comiéndose las uñas (ellas), pataleando (ellos, los cachorros, los que preguntan: está ganando papá, ¿verdad mami?), o ladrando al contrincante (el perro orejudo aposentado por esta vez en el sofá).

Imposible ya apagar el electrodoméstico, no se puede ser tan insolidario con los once millones de españolitos que en ese momento comulgamos con las mismas ruedas de molino, unos convenientemente lubricadas sus gargantas y otros intentando tragar a duras penas. Pero ya digo, demasiado tarde para irse a dormir.

Mi conclusión es que Aznar le ha pegado un revolcón a González, para sorpresa de muchos, incluido quien esto escribe, que esperaba que la brillantez y la capacidad de persuasión se impondrían al discurso robotizado. No ha sido así y ha vencido la preparación minuciosa y programada al detalle sobre la improvisación verborreica y autosuficiente.

Felipe pensó que iba a una sesión de jazz y se encontró con un cuarteto de Haydn.
De programas y soluciones concretas a problemas concretos, nada, claro; pero es que no se trataba de eso, era cuestión de golpes de efecto, de trampas dialécticas, de amagos y de fintas. Y Aznar ha ganado a los puntos. El próximo día 31, en la 5, la revancha.

También la veré porque, o te vas a cultivar rábanos a Matalascabrillas o acumulas imágenes, reflexiones y alienamientos para el comentario en el almuerzo del día siguiente. No hay opciones intermedias defendibles”

Hoy, tropecientos años después, recuerdo casi con nostalgia aquellos debates, que con todas sus carencias tenían una categoría teatral que ahora no llega ni a circense: los actores y los payasos ya no son lo que eran.

viernes, 22 de enero de 2010


Críticos con criterio crítico: Carlos Boyero

Hace tiempo y bajo el mismo título que aparece sobre estas líneas dediqué un comentario elogioso a Antonio Gasset, uniendo su nombre al de Carlos Boyero, como ejemplos de críticos de cine llamémosles “peculiares”.


Decía entonces y reitero ahora que se puede no estar de acuerdo con ellos pero se agradece su forma poco académica, personal y arriesgada de abordar sus comentarios.
Seguramente son eruditos pero no hacen alarde de ello, sus valoraciones tienen un grado de subjetividad que invita a la discusión, a la discrepancia, al tratamiento de tú a tú.


El caso de Carlos Boyero es quizás más exagerado que el de Antonio Gasset, es un tipo que opina con rotundidad pero que es capaz de desdecirse o reconsiderar su opinión si llega a la conclusión de que en el momento de emitir su juicio crítico no estaba “en un buen momento”.
Digamos que es un personaje muy humano (en su doble sentido), que no se corta a la hora de enfadarse con los que le preguntan en los chats de los periódicos en los que escribe y que incluso pierde las formas y las buenas maneras, es un provocador.


No es que esta actitud me parezca elogiable pero en el fondo me gustan estos prójimos/próximos que sacan a pasear sus debilidades en público – como Umbral, como Fernán Gómez- y son capaces de organizar la marimorena. Y me gustan, digo, porque detrás de esas invectivas que presagian relaciones difíciles en el trato directo, adivino una sinceridad y una lealtad más allá o más acá del aparente egocentrismo y casi endiosamiento que muestran exteriormente.


A Carlos Boyero me lo puedo imaginar conteniendo las lágrimas visionando una película y también levantándose cabreado de la butaca ante lo que considera un bodrio infumable (esto último no me lo tengo que imaginar, sucedió en un Festival famoso y fue criticado por un montón de prestigiosos cineastas que consideraron, con razón, que su gesto fue poco profesional).
Por eso, porque me parece una persona lunática, genial, inteligente y con opinión propia leo sus críticas para aprender o para cabrearme yo también con él.


Anoche, después de ver “La teta asustada”, Oso de Oro del Festival de Berlín, quise conocer lo que Boyero opinaba de ella, encontré su crítica, la leí y me gustaría haber podido hablar con él, copita en mano, para discrepar amigablemente (o no).



Dejo aquí un extracto como muestra de su forma de hacer:

“La teta asustada (reconozco que el título posee ovarios), dirigida con sentimiento y conocimiento por Claudia Llosa, no me provoca ni de lejos ni de cerca ningún volcán anímico. Centrada en el sufrimiento psíquico de una indígena peruana debido a la maldita herencia que pilló de su violada y consecuentemente desquiciada madre, intenta extraer lacerante poesía y costumbrismo veraz de la cotidianidad o la tragedia de gente herida, humillada, traumada y resignada.
Cine con planteamiento honesto (no sé qué significa concepto tan enfático, pero sé que se usa mucho, aunque rara vez constato que aparezca el arte), intérpretes que no saben o no necesitan interpretar, sensación de realismo y bienintencionadas intenciones. O sea, un material tan correcto como tibio para los placeres que yo sigo esperando en el cine.
Esta Berlinale ha sido aún más intranscendente que mediocre, pero los premios le podían haber caído a cualquiera. Me voy a tirar el rollo. Bienvenido sea el multiculturalismo, el galardón a la simpleza exótica, la certidumbre de que hay que reconocer en público el mérito del cine personal y posibilista que no mantiene ninguno de los al parecer obscenos ganchos que embrutecen al espectador convencional, las películas invisibles que nos hablan con un lenguaje distinto de la problemática de los seres humanos en cualquier e ignorada parte del universo. Qué pesadez, qué muermo, qué mentira.”

No tienen desperdicio las frases finales con las que acaba su comentario:


“Me parece normal que nos quedemos en paro hasta en esta profesión tan rara, tan inútil y tan contaminada de los críticos de cine. Peor, me contaba un amigo castizo, es andar picando piedra.”

viernes, 15 de enero de 2010




José Saramago: Caín

He dejado pasar varias semanas tras la lectura de “Caín” para hacer este comentario.
Como mi memoria es corta quería estar seguro de que no iba a entrar en pormenores y sucediera lo que ya saben: aquello de que los árboles impiden ver el bosque.
Claro que probablemente mi bosque intuido no tenga nada que ver con el que Saramago ha pintado, pero más de un sabio ha dicho que uno acaba interpretando lo que quiere interpretar y no lo que el autor tuviera en mente.

Así, lo que yo estimaba, mientras estaba enfrascado en la lectura del libro, una crítica corrosiva a un Dios al que juzga como cruel, injusto, vengativo y sanguinario, se convierte a mi parecer en un juicio a los creyentes, capaces de inventarlo primero y seguir sus dictados después, hasta llegar a matar en su Santo Nombre.

Para analizar la naturaleza última de Dios, Saramago acude a la fuente de las fuentes: la Biblia misma. De ella entresaca algunos de sus capítulos más escabrosos: aquellos que sin filtros críticos aprendimos de corrido e incorporamos a nuestra memoria –ilustraciones naïf incluidas- los que estudiamos “Historia Sagrada” durante nuestros años de bachillerato.

Caín, el malo, el asesino de Abel, recorre e interviene (a veces como espectador y a veces actuando directamente) en esos pasajes bíblicos seleccionados en un continuo diálogo airado con Dios al que hace corresponsable de la muerte de Abel y al que no deja de criticar por sus actuaciones desmesuradas y truculentas.
Es especialmente intransigente con el genocidio en Sodoma y Gomorra, tildándolo de asesino de niños, inocentes por supuesto, de las consideradas abominables prácticas de sus mayores.

Uno, criado a los pechos (poco agraciados) del nacionalcatolicismo aplaude mentalmente a este vengador justiciero, que es capaz, desde su altura intelectual y moral, ajustarle las cuentas al Altísimo con desfachatez y hasta con recochineo. Como botón de muestra sirva el apeamiento de las mayúsculas preceptivas a todos los nombres propios de los personajes bíblicos.

Ahora bien, Saramago, después de acusar a los humanos de haber inventado a un dios tan cruel, y lo que es peor, someterse a sus leyes impías, lo que no deja claro es el porqué de ese sometimiento.
Cierto que el poder de los representantes-de-Dios-en-la-Tierra están dotados de poderosas organizaciones, alianzas con los otros poderes, y sutiles (y no tan sutiles) medios de evangelización y control de la pureza doctrinal en forma de inquisiciones y otros modos de generación de terror, culpa y castigo eterno.

Pero aún así…
¿Cómo explicar esas grandes y a veces sinceras devociones, esas intocables procesiones, esos caminos de santiago, esos rezos multitudinarios, esos éxtasis místicos, esas guerras santas, etc.

Y me ciño sólo a la religión católica para no meterme con otras más incompresibles todavía.
¿Cómo se pasó de las creencias en los dioses naturales (Sol, Luna, Ríos… fuentes de vida al fin y al cabo) a estos otros, Únicos e Inapelables?
Al menos, griegos y romanos, tenían unos dioses con debilidades, confrontaciones, poderes repartidos, escarceos amorosos, vicios variados… y todo aquello que les hacía mucho más cercanos en definitiva.
Saramago opta por cortar de raíz: Caín acaba con los restos de la humanidad que se iba a salvar del Diluvio, de manera expeditiva y poco honrosa, que para eso era quien era, el malo.

Me quedo, pues con la duda…
¿Piensa Saramago desde su octogenaria sabiduría que con esta humanidad no hay solución posible y que la única alternativa es partir de cero con otra humanidad surgida de no se sabe dónde?
¡No lo sé, que opinen los exégetas!

miércoles, 6 de enero de 2010




La extimidad esperpéntica de la burguesía y

"El Abuelo" de Garci

(Tesis doctoral)


Me tenía acongojado mi amigo Vicent con el concepto de extimidad hasta que con mucho esfuerzo (google) y disminuidas facultades he llegado a la conclusión de que el término acuñado por Lacan no significaba para este ilustre psicoanalista “ostentación de intimidad” sino algo que se le escapa al propio sujeto aunque quiera contar sus intimidades, porque la extimidad está fuera de su alcance, no es narrable, pertenece a su yo más real y, por tanto, inalcanzable para su universo mental.

Me quedo más tranquilo así, me permite seguir contando cosas aparentemente éxtimas pero que en realidad no son más que intimidades de andar por casa, compartibles y hasta pudorosas.

¿Y que tiene esto que ver con la película “El Abuelo” de nuestro oscarizado José Luis Garci, se preguntarán angustiados? Pues ya se verá que sí, que para eso es la tesis.
Por si alguien considera que este ilustre cinéfilo, cineasta, director, productor y escritor realiza películas lacrimógenas, sensibleras, melifluas, blandengues, empalagosas y hasta cursis no seré yo quien se lo discuta, porque comparto la opinión.
Pero quiero salvar “Asignatura pendiente” porque, al margen de la calidad del film, me trae recuerdos y añoranzas de cuando entonces.
Y creo que por méritos propios (de él) merece salvarse de la quema “El Crack”, una producción con todos los ingredientes del auténtico cine negro, con buen guión y todo, y con una actuación de Alfredo Landa que desdice la probable inclusión del término “landismo” en el diccionario de la RAE como encarnación personalizada del cliché de rijoso-macho-ibérico de las películas de destape pseudo-terapéutico de los años setenta y ochenta.

Ningún reproche para Landa, la mayoría tenemos que trabajar para subsistir sin poder elegir, aunque antes y después de esa nefasta etapa del cine español, nuestro actor demostró sus inmensas cualidades interpretativas.

“El Abuelo” también es rescatable a mi parecer y no es ajeno a ello el que esté basada en una novela de Pérez Galdós, en que parte de la música sea de Satie, en que la fotografía sea espléndida y en que, sobre todo, actúa uno de los más grandes del cine en España (y en el Mundo entero, que diría un andaluz).
Me refiero, como no, a Fernando Fernán Gómez: imponente en su mirada, en su portentosa voz, en su forma de declamar y en su entera presencia, que justificaría por sí sola la invención del cinerama.
No creo que Garci tuviera muchos problemas de dirección: a don Fernando se le da el guión, se le pone la cámara delante, se dice ¡acción!... y a rodar sin desperdiciar cinta o lo que se utilice ahora.
La película es como “El Gatopardo” (perdón, Visconti) pero a la española, me explico: un señor feudal, un aristócrata venido a menos en sus riquezas pero no en sus valores de honor y de pureza de sangre, se ve acosado por la naciente burguesía, que partiendo de la nada y a base de aplicar aquello de “dinero no falte y trampa adelante” va adquiriendo poder económico y político.
Tampoco sale bien librado el campesinado, presto a recoger las migajas con falsa sumisión y artimañas variadas.
La historieta de la averiguación de cuál de las dos niñas (aquí pintadas como dos angelitos y en la novela como dos pequeñas arpías) es la auténtica nieta, y por tanto heredera del patrimonio genético, no me interesó nada, sin comentarios pues. Paso también por alto el que Garci haya colocado en el reparto a la mitad de la familia (Cayetana, su padre Fernando Guillen, Emma Cohen, la señora de F.F.G), nepotismo light al fin y al cabo.

A lo que vamos: No es que Galdós-Garci defiendan la aristocracia y sus principios, pero uno acaba tomando partido por ese abuelo huraño y terco, pero sincero, anticlerical y valiente, que ve como acaba una forma de sociedad (la “natural”, pensaría él, aquella en la que cada uno estaba en su lugar) para dejar paso a otra tan mezquina o más que la anterior, donde todo es movedizo, arribista e inseguro.

Acabé mi lectura diciendo:
“Esa naciente burguesía, ostentosa incluso de sus miserias, es extimidadamente esperpéntica”.
Expuesta esta última frase contundentemente como impepinable consecuencia de la lógica de las lógicas, se produjo un silencio cortante en parte del tribunal (la que estaba despierta) y el acallamiento súbito de los ronquidos del resto de los togados.
Y aquí es cuando me suspendieron:
“Suspenso summa cum laude”, dijo el portavoz del tribunal, evidentemente airado, en un latín que a mí me pareció pronunciado sin ganas y saltándose la mitad de las emes.
“Y además por unanimidad absoluta”
Intenté decirle que esto último era un pleonasmo innecesario y vengativo, sobre todo porque no había consultado a sus compañeros, pero no pude, el vocero estaba lanzado…
“Usted no ha leído a Lacan, si lo ha leído no se ha enterado de nada, y además su complejo concepto de la extimidad nada tiene que ver con Garci y su dichosa peliculilla…”
Yo argumenté en mi defensa que Berlanga, en todas sus películas introducía en alguna frase lo de “austro-húngaro” viniera o no a cuento y sin embargo ya ven, fue premiado con el Príncipe de Asturias de las Artes. Lo mío, pues, sería una injusticia.
No me quedó otro remedio que imitar a don Fernando y con voz poderosa espeté:
¡Váyase a la mierda!
No obstante en el próximo escrito volveré a mis intimidades sin extimidarme, pero porque no puedo como ya ha quedado claro, que lo dijo Lacan, que él sí aprobó su tesis doctoral.