
La Barraca.
Neorrealismo en Benicalap
Hoy he vuelto a ver la película “El techo” (Vittorio de Sica, 1956), probablemente una de las menos conocidas obras de su autor y del neorrealismo italiano, ensombrecida quizás por las más famosas: “Ladrón de bicicletas”, “El limpiabotas”, “Milagro en Milán”, Umberto D” y otras del gran director.
Dejaré para sucesivos comentarios las opiniones sobre esas películas y sobre el movimiento más que cinematográfico que representó el neorrealismo.
Si he elegido revisitar “El techo” es porque en Benicalap, enfrente de la finca donde vivíamos y rodeada de un gran descampado, huerta hasta el ayer de entonces, había una curiosa vivienda que tenía como construcción central una barraca (la tradicional “barraca valenciana”, con su planta rectangular y techumbre de paja a dos aguas de pendiente muy pronunciada) Hasta aquí nada extraño, lo que le daba su peculiaridad es que la barraca fue abandonada en su día, supongo que al mismo tiempo que los cultivos que la rodeaban y fue ocupada por una familia foránea y numerosa que fue rehabilitándola primero y ampliándola después, conforme las hijas e hijos del núcleo primigenio iban casándose y procreando con velocidad de roedores.
De esta forma, como en la película de referencia, de la noche a la mañana aparecía una habitación adosada, luego otra y otra, hasta formar un conjunto asimétrico y caótico por la variedad de formas, dimensiones, techumbres y colores. Con cada ampliación-relámpago que parecía no tener límites (de hecho no los había, el terreno ocupable era inmenso), crecía la valla que rodeaba el conjunto: un cercado de madera de baja altura pintado de blanco o de azul, a tramos.
Las autoridades no intervenían, hacían la vista gorda, y no creo que nadie formulara ninguna denuncia; aquel era un terreno de nadie en la práctica y mientras no se decidieran a urbanizar regía aquello de los franchutes…"laissez faire, laissez passer".
La familia, convertida ya en tribu, era bulliciosa pero pacífica, no se sabía muy bien a qué se dedicaban, por lo que no se podía decir lo de “pobres pero honrados”. En última instancia, fuese cual fuese su forma de ganarse el sustento no era el barrio el lugar de trabajo. No tenían agua corriente por lo que la higiene parcial y pudorosa la realizaban al aire libre, en una pileta en invierno y con una ducha de fabricación casera (un cubo grande situado en alto y que a través de una manguera servía el agua por gravedad) en verano. Los niños, en esa época estival vestían una camiseta de las llamadas de sport a las que se les habían dado unas puntadas de hilo en su parte inferior para cubrir sus infantiles vergüenzas: quedaba un modelito bastante fresco y práctico pero muy mal visto por las gentes de orden. La electricidad, a juzgar por un disimulado cable que no se sabía muy bien de donde provenía era una contribución no solicitada y, por tanto, gratuita del Estado.
La barraca conservaba su cruz en el frontal del tejado como demostración de que sus moradores eran cristianos viejos y no moriscos. A lo mejor era por eso por lo que no se metían con ellos.
Todo iba bien, hasta que surgió el escándalo: uno de los hijos jóvenes, que había emigrado a Francia volvió en un coche deportivo rojo, descapotable y con un señor bastante mayor que él, calvo y sin ningún miramiento a la hora de mostrar en gestos y vestimenta su condición de lo que entonces daba en llamarse “invertido” y que los del barrio calificaron contundentemente de “maricó” en lengua vernácula.
La verdad es que para nosotros constituía todo un espectáculo verlos deambular detrás de la valla, amarraditos, con unos kimonos de seda floreados y vistosos, haciéndose arrumacos. Sorprendente era también que la familia del joven novio los hubiera acogido con esa naturalidad, pero pensemos que de esa pecaminosa relación resultaron grandes mejoras en el equipamiento de las casa-poblado y que el coche reluciente, aparcado debajo de la higuera elevaba el estatus muy por encima de la media del castellano vecindario sin un mal seiscientos que aparcar en la puerta.
No sé si fue por aquel incidente o porque empezó a construirse en la zona, el caso es que un día, igual que habíamos visto crecer la barraca y sus anexos, la vimos desaparecer con la misma rapidez.
No volvimos a saber de ellos pero poco después en un edificio a medio construir, se paralizaron las obras y allí se instalaron una gran familia de gitanos… pero esa ya es otra historia.
2 comentarios:
Me ha hecho sonreir el relato de tus vecinos de Benicalap, es que lo cuentas con mucho salero; yo también recuerdo y comento con mi hermano anécdotas de aquel pueblo primitivo en el que nos tocó nacer.
Hasta ahí bien, pero con respecto a los recuerdos,esos que llegan al fondo del corazón, he quemado mis naves, pq si fueron malos mejor olvidarlos y si buenos, causan nostalgia y malestar por la ausencia de seres queridos que ya no están. Intento mantenerme en el ahora, solo existe para mi el presente, lo que roza mi presencia.... como dice Vicent, esto es largo y la vida es corta y además estoy planchando...
Laskhsi.
Quercus:
Otra película del neorrealismo italiano es "Feos, sucios y malos" (“Brutti, Sporchi e Cattivi”) de Ettore Scola y protagonizada por Nino Manfredi.Allí se retrata muy bien la cruda realidad de una familia italiana pobre y promiscua.
Vale la pena volver a verla y tenerla en la videoteca personal.
Me entretuve bastante con el relato de tus vecinos de Benicalap.
Saludos desde Chile
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